10 January, 2019
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Voluntariado con ONG’s en Guatemala

No se nos ha olvidado aunque hayamos tardado en escribir sobre ello. De hecho creemos que no vamos a olvidar nunca la experiencia vital que nos aportó esta manera de conocer Guatemala.

Esta ruta por un sueño nos está trayendo momentos geniales y lugares alucinantes, pero los días en Guatemala van más allá de todas esas experiencias viajeras.

Nos hubiera gustado poder ampliar mucho más las semanas que estuvimos en la pequeña escuelita de Santa María, coger durante muchos más días el “chicken bus” que en media hora te dejaba allí, viajando como lo hace la gente del pueblo. Nos hubiera gustado hacer esto mismo durante meses. Pero sabemos que lo hemos dejado pendiente, y que queremos volver.

Unir tu viaje con un voluntariado

 

Unir tu viaje con una etapa de voluntariado lo convierte en mucho más que un mero viaje por muy impresionante que sea el lugar que visitas. Va más allá de lo que puedas ayudar durante una temporada. Más allá de lo que puedas aportar. Es eso que te llevas en la maleta sin que pese un gramo. Las ganas de más. De poder hacer mucho más, de quedarte mucho más tiempo y de agradecer mucho más de lo que no te has cansado de agradecer, haber podido estar allí.

Son las raíces que echas en un lugar que no conocías de nada y que sabes que seguirán creciendo dentro de ti mucho más tiempo. Ya habíamos probado la experiencia en Perú, pero la de Guatemala la superó con creces.

En nuestro caso vivimos esos días de manera muy intensa por la erupción del Volcán de Fuego a pocos kilómetros de donde estábamos. Ayudamos como pudimos mientras te lo contábamos todo en directo en las Stories de Instagram. Y aún con la catástrofe, no hubiéramos cambiado estar allí por la playa más paradisiaca o el lugar más seguro del mundo.

 

Cómo es este proyecto de voluntariado en Guatemala

 

El proyecto donde estuvimos se llama Pasos de Esperanza, y no podía tener mejor nombre. Lo creó Jesalym, una chica americana que ya es medio guatemalteca después de los años que lleva allí. Y encontró en Ana y Sandra, las “seños” de la escuelita, la ayuda perfecta.

Tres corazones con nombre propio que hacen posible que los niños después de sus clases diarias en la escuela, vengan preguntando por su “seño” y por la “refacción” (merienda) con unas ganas que te hacen alucinar. Y que te empañan un poquito los ojos el primer día, pero que enseguida se sustituye por una sonrisa inmensa que no desaparece hasta que te vas.

El primer día te preguntas cuál es el secreto para que los niños vayan con esas ganas a un lugar donde nadie les obliga a estar, a recibir más clases que las del colegio, y todo de manera voluntaria.

De primeras, te extraña que mientras tú sólo has visto el callejón polvoriento y sin asfaltar donde se encuentra el proyecto, a hombres durmiendo la borrachera a la puerta de la cantina cercana (algunos de ellos, papás de los chicos que van a clase) o a niños trabajando por las calles con carretillas, encuentres siempre risas dentro de la escuela y a niños tan responsables, con la realidad que les rodea.

A ti están a punto de caerte las lágrimas, pero te encuentras a los niños que salen corriendo a buscarte, disfrazados o a punto de hacerlo, antes de merendar para luego ponerse a repasar las vocales que han estudiado en la escuela. Algunos de ellos es lo único que comen en todo el día.

Otros niños encuentran en el proyecto ese ratito de apoyo y de cariño que no tienen en casa, porque los adultos han salido de madrugada para llegar hasta la ciudad cercana a vender sus productos y no llegarán hasta la noche.

Entonces empiezas a entender la alegría de los peques. El cariño que le ponen Ana y Sandra a cada clase. El empeño de Josselym de hacerlo crecer y la sonrisa que se te dibuja en la cara al ser parte de ello. Ya sabes el secreto. Fuera habrá otra realidad brutal, pero en esta escuelita hay esperanza. Pasos de Esperanza hacia otra posible realidad para los niños.

Ya estás contagiad@, ya no hay pesimismo en lo que ves. Te encanta el mercado local donde cada día las mujeres del pueblo venden frutas sin refrigerar e iguanas fritas para comer allí mismo o llevar a casa. Disfrutas madrugando para viajar en un antiguo bus que perteneció a las escuelas americanas, viejo pero pintado de mil colores o haciendo cada tarde una tortilla de patata para la merienda de los peques y que te pregunten si pueden coger otro trozo más. Y sobre todo, te emocionas cuendo los niños te llaman “seño” a ti también, y que desde el primer momento te hayan hecho sentir como en casa.

Te recomendaremos los mil lugares alucinantes que visitar que hemos recorrido en cada viaje. Pero hacer un voluntariado internacional es una de esas experiencias viajeras que supera todos los lugares alucinantes que puedas conocer. Y si no, pregunta a cualquiera que lo haya vivido. Cuidado porque engancha.

 

Nosotros lo hicimos con Voluntariado con ONG’s

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¡Ya sólo te queda disfrutarlo a tope tú también!

 

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